Esta vez, me gustaría hablar sin tapujos, sin pelos en la lengua y con el corazón en la mano.
Me duele mucho el camino que estamos tomando, y no sólo hablo de España, me refiero a la humanidad en general. El odio, la envidia, la inquina que tenemos entre nosotros. No nos aguantamos unos con otros, no sabemos convivir. Somos egoístas, sólo vamos en consecución del placer propio y el otro, el prójimo, nos importa un pimiento.
Como consecuencia inmediata de ese egocentrismo comodón y materialista, aceptamos todo y nos hemos vuelto cicateros, avaros, voraces para con los demás. Consentimos con la extorsión, la mentira, la puñalada por la espalda, la infidelidad e incluso, si hace falta con la exterminación masiva de inocentes, que es el aborto o con la más aberrante manipulación genética; y todo, para seguir “disfrutando”.
¿Nos hemos vuelto locos?, ¿A dónde vamos?....al vacío, al abismo, a la nada.
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Por supuesto, que muchos de los que me leéis, a casi todos, os repugna toda esta relajación, toda esta absurda obstinación, todo este exceso en el desorden; a mi también. Sin embargo, la pregunta sería, ¿Estamos nosotros, poniendo todo el empeño, todo lo que está de nuestra mano, para atajar esta deriva?.
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Aunque, no estoy hablando exclusivamente, de los que decimos tener fé, sino de cualquiera que se considere humano y tenga dos dedos de frente; si quiero centrar mi reflexión en los que nos llamamos creyentes católicos.
¿Qué estamos haciendo los cristianos, ante tamaña tragedia universal?.
Pongamos el dedo en la llaga, como cristianos de a pié, a veces dejamos mucho que desear. Nuestros pecados de omisión son múltiples; somos tibios, tranquilos, comodones y a veces, muy calculadores. Muchos de los que nos calificamos como discípulos de Jesús, no hacemos nada, por ser fiel espejo del Maestro.
Posiblemente, no cometamos pecados –graves- de cara a la galería, pero nuestra existencia es inoperante, es una viña sin fruto.
Pasamos por la vida conformándonos, con el cumplimiento dominical y poco más. Pero nos olvidamos con frecuencia de orar a diario, de frecuentar los Sacramentos, de reciclar, de aumentar intelectual y espiritualmente nuestra fé con la lectura cotidiana de las Escrituras. Y lo que es peor, dejamos de lado la caridad fraterna con todos los que nos rodean. Hemos dejado de hablar de Dios y nuestro proceder en la vida no es ejemplo para nadie.
Podemos tener fé, sí; pero la fé sin obras, es fé muerta. Y hoy más que nunca, el mundo necesita de la viveza de la fé.
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Uno de los pecados actuales de nuestra Iglesia militante, es la apatía y esto nos afecta a todos, pero el otro gran pecado, y aquí voy a ser más polémico, es la relajación en ciertos sectores de la Jerarquía eclesial. Porque todas esas omisiones, en mayor o menor grado, se observan también, en aquellos que debieran ser, por vocación, faros luminosos de este mundo. Y no estoy hablando de responsabilidades, porque todos somos Iglesia y todos tenemos parte de culpa, sino de coherencia.
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Así, en este tiempo de extravío moral y espiritual, algunos pastores de la Iglesia, están entrando, a veces sin saberlo, en este gran juego de aniquilación de nuestros sagrados principios; hombres de la Iglesia han introducido graves errores en su seno, la división, la apostasía, la deserción de no pocos sacerdotes y obispos, la indisciplina, la desobediencia al Papa, el relajamiento en la liturgia, la tibieza espiritual de quienes la conforman, han sido circunstancias que están ensuciando la belleza de la Iglesia, y eso es consecuencia, sin duda, de los males que aquejan a esta sociedad sin fé.
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Se ha dado el caso de que con la excusa, de atraer a más fieles, algunos sacerdotes, han cambiado sus formas, sus vestimentas, su lenguaje, sus celebraciones e incluso la doctrina. Ya no hay dogmas, ni mandamientos. Evidentemente, a la vista de las estadísticas, el resultado es que cada vez, menos gente acude a los templos y lo que es peor, ya pastores, y fieles han entrado en una espiral de la que es difícil salir.
Analicemos algunos puntos básicos.
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- La liturgia es cada vez más corta y participativa; cuestión que a priori, no seria negativa, siempre y cuando no sean suplantadas las labores del oficiante.
El sacerdote, en ocasiones, hace lo menos posible, y porque no tiene más remedio. Los fieles, los pocos que van quedando, leen en la misa, pasan el cepillo, dan la comunión, cantan, predican etc.;
Estas cuestiones que pueden ser consideradas baladíes o incluso plausibles, restan importancia a la labor del sacerdote y le van robando el papel principal que por derecho y sobretodo por obligación ha de asumir.
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- Otro punto, que puede ser considerado, por algunos, trivial, es la necesidad de guardar las formas, que en ningún caso van a sustituir al fondo, al que sin embargo amparan y dan realce, sentido, misterio, respeto, grandeza, relieve. Nuestro mundo religioso o no, esta lleno de símbolos necesarios,
Siempre, la sabiduría popular, ha dicho “el hábito hace al monje”, la vestimenta ayuda al que lo lleva a saber quien es y a evitar propias tentaciones..¿dónde están los habitos?.
“¿Tengo que tener algún respeto especial con alguien que es igual que yo? ¿que consejos me puede dar alguien que es igual que yo, y que además ni es padre, ni está casado?, ¿qué misterios me puede enseñar alguien que es igual que yo?”, son preguntas oídas hasta la saciedad por creyentes o no; gente que busca apoyo, respuestas, consuelo o simplemente ser escuchados por alguien que sea y aparente ser superior en la dignidad y solvente en sus respuestas.
Hay un viejo dicho: - la mujer del Cesar, no solo tiene que ser honrada, sino parecerlo-...el atavio dá carácter, credibilidad e identifica.
El Orden Sacerdotal es una dignificación superior, Dios otorga a sus ministros, carismas especiales. Empecemos por saber, sin tener que adivinar, quienes son los pastores.
¿Qué les costará a algunos ponerse un alzacuellos? ¿Les dará miedo?, ¿Vergüenza?, ¡Tendría que ser un honor, presumir de abanderado de la causa de Cristo, de farolillo de llamada para quien le pueda necesitar!
No se puede obviar que en el servicio a Dios y a su pueblo, ningún detalle es pequeño, y este no lo es.
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- El tercer punto, es en lo referente a otros sacramentos o a la práctica de las distintas devociones, en las que nos encontramos similares actitudes. Muchos confesionarios han sido retirados de los templos, y la disponibilidad de los sacerdotes, a la hora de confesar, es escasa y en ocasiones de una celeridad tal, que impide el necesario recogimiento. Para algunos pastores el sacramento de la Penitencia, ha perdido su transcendencia.
La confesión comunitaria que se da, en ocasiones, como alternativa, es práctica válida, pero no sustitutiva de la confesión “personal, auricular, particular y secreta”. La omisión de esta labor, es causa del relajo del sacerdote, que debiera buscar al penitente, igual que el penitente debe buscar el perdón, con amor y disponibilidad.
Sin ir más lejos, en las dos parroquias de mi barrio, es muy dificil confesarse, casi hay que pedir cita.
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- Y por último, ¿qué decir de la oración?, que debiera ser obligación, devoción y honor para el que la pronuncia y dirige. He visto en una Parroquia, para mi perplejidad y pena, que el rezo del Santo Rosario, es dirigido desde el altar ¡por un aparato de radio!, ¿ya no hay fieles o sacerdotes, que puedan ocupar 20 minutos de su día en la alegría, la delicadeza, el amor, que supone, dirigir la mejor oración a la Madre?, “si el cura no reza ...¿porqué he de hacerlo yo?”. Y cuidado, no estoy en contra de que se rece en la radio, pero no se puede confundir a la gente, ni falsificar las cosas.
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El desvarío es mayúsculo, He acudido a reuniones de preparación al sacramento del bautismo en la que se comentó que el pecado original no era tal, porque no se puede imputar al recién nacido, no bautizado, una falta que no ha cometido. He asistido a bautizos, comuniones, funerales, que son verdaderas reuniones de sociedad, donde Dios, es el último invitado.
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La relajación de las formas y la adulteración de los fondos hacen que el espíritu de nuestra fe se desvirtúe y se corrompa, y posibilita este implacable ataque a Dios y a su criatura, el hombre. Estamos sumidos en una enajenación mental sin precedentes.
En un mundo sin fe, como el que comentaba al principio, es donde surgen nuevos ídolos; es el gran triunfo de la trinidad diabólica: placer inmediato, dinero y poder; ese es el engendro infernal que con nuestros silencios y omisiones estamos propiciando.
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Oración, Sacramentos, y hacer de la vida un espejo de la vida de Cristo, no es tarea fácil. Es para valientes. Es para coherentes.
No cabe duda de que nadie, absolutamente nadie, enciende una lámpara para luego colocarla debajo de una vasija (Mt 5.15). Ya es hora de despedazar las vasijas que no permiten que se vea la luz de Cristo en nuestras vidas. “Para que alumbre nuestra luz delante de los hombres, para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5.16). Que tu vida y que mi vida, sean la luz que apague la tiniebla que ya nos acongoja.
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