miércoles, 4 de abril de 2012

UN AÑO MÁS...

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Cada vez que alguien, tan valioso como Antonio Mingote, se va, no podemos evitar acordarnos de todos aquellos que han sido referentes en nuestras vidas; probablemente, empezando por nuestros padres.
En mi caso, cuando hago ese viaje al pasado, lo quiero hacer siempre desde el optimismo, el cariño y la alegría en la esperanza del re-encuentro.

Con ese mismo sentimiento de evocación, nostálgica pero nada triste, cada Semana Santa, me gusta recordar un artículo magistral de José Luis Martín Descalzo.
Este año, UN AÑO MÁS, lo hago de nuevo, pero con más razón y con más gusto.
El motivo es que, Martín Descalzo, en su faceta de brillante columnista, fue colega periodístico de Antonio Mingote. Ambos coincidieron, muchos años en la profesión, en un libro (imagen).., y desde luego en el diario ABC.
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Al margen de esa conexión profesional, no tengo más conocimiento, ni constancia de su relación personal; ahora bien, intuyo..., por la inteligencia, la bondad y el buen humor de ambos, que pudieron ser amigos y estoy seguro que en el cielo, se habrán dado ya, un gran abrazo. En cualquier caso es para mí, un placer, unirlos de nuevo en este recuerdo anual que hago en mi Hoja, del gran Martín Descalzo.

Deseo que cada año, sus palabras, su artículo, llene, traspase y remueva más almas, por eso lo dejo siempre aquí, en estas fechas. La novedad que propongo este año es el vídeo que aparece al final de todo este artículo.
Por lo demás..., transcribo lo que un año tras otro, digo sobre su persona y sobre el artículo en cuestión. No quito, ni pongo una sola coma, sigo pensando igual, sigo sintiendo cada una de esas palabras, las suyas y las mías.

José Luis Martín Descalzo fué Periodista, poeta, novelista, dramaturgo y además sacerdote, un buen sacerdote. Pluma afilada, alma grande y siempre defensor de la verdad.
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El artículo al que hago mención, y que ahora tendréis la oportunidad de leer, siempre me acaba tocando el corazón. Sería solo una simple anécdota de un anciano enfermo ante un cuadro, pero se trata del gran Dostoievski y de la cruda y profunda reflexión que hace ante el terrible cuadro del “Cristo yacente” de Holbein. Se trata de una lectura obligada que –siempre- mueve a reflexionar y que para mí es un placer traerla de nuevo aquí. Como casi siempre digo…, el relato es un poco largo, pero os aseguro que merece mucho la pena. Espero que sirva de buena antesala a los días que estamos a punto de vivir. Así que os dejo...
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ANTE EL CRISTO MUERTO
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"Un día de abril de 1867 un matrimonio de recién casados pasea por las salas del museo de Basilea. El hombre es flaco y rubio, de rostro rojizo y enfermo, pálidos labios que se contraen nerviosamente, pequeños ojos grises que saltan inquietos de un objeto a otro, de un cuadro a otro. Es el rostro de un hombre a la vez vertiginosamente profundo e impresionable como un chiquillo. Ahora se ha detenido ante el Cristo en el sepulcro, de Holbein.

Los ojos del hombre parecen ahora magnetizados por ese terrible muerto metido en un cajón que aparece en el cuadro. Es -dirá él muchos años más tarde- "el cadáver de un hombre lacerado por los golpes, demacrado, hinchado, con unos verdugones tremendos, sanguinolentos y entumecidos; las pupilas, sesgadas; los ojos, grandes, abiertos, dilatados, brillan con destellos vidriosos". Es un cuerpo sin belleza alguna, sometido al más dramático dominio de la muerte.
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Y el hombre, al verlo, tiembla. Su mujer se ha vuelto hacia él y percibe su rostro dominado por el pánico. Teme que le dará un ataque. Y el hombre musita en voz baja. "Un cuadro así puede hacer perder la fe." Luego se calla y continúa la visita al museo, como un sonámbulo, sin ver ya lo que contempla. Y, al llegar a la puerta, como atraído magnéticamente, regresa de nuevo al cuadro de Holbein. Se queda largos minutos ante él, como si quisiera taladrarlo en su alma. Luego, cuando se va, tiene en el hotel uno de los más dramáticos ataques epilépticos de su vida. Es un escritor de cuarenta años, se llama Fedor Mikailovich Dostoievski.
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Un año antes ha publicado una novela titulada "Crimen y castigo". Pero sabe que lo que dividirá su vida en dos es la contemplación de ese Cristo muerto de Holbein, que ya jamás podrá olvidar.
Meses más tarde, cuando está escribiendo "El idiota", la visión de ese Cristo sigue aún persiguiendo al escritor; y una reproducción del "cajón" de Holbein aparece en la casa de Rogochin, uno de sus personajes. Y el protagonista, príncipe Mischkin, repetirá las palabras que el propio Dostoievski dijera en Basilea a su mujer. "Ese cuadro puede hacer perder la fe a más de una persona." Y páginas más tarde explicará el propio novelista el por qué de esta frase. En otras visiones de Cristo muerto los autores le pintan "todavía con destellos de extraordinaria belleza en su cuerpo", pero en el cuadro de Holbein "no había rastro de tal belleza; era enteramente el cadáver de un hombre que ha padecido torturas infinitas antes de ser crucificado, heridas, azotes; que ha sido martirizado por la guardia, martirizado por las turbas, cuando iba cargado con la cruz". "La cara está tratada sin piedad, allí sólo hay naturaleza. Ante un muerto así, se descubre, qué terrible es la muerte, que se aparece al mirar este cuadro, como una fiera enorme, inexorable y muda, como una fuerza oscura e insolente y eternamente absurda, a la que todo está sujeto y a la que nos rendimos sin querer".
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Estos descubrimientos han conducido a Dostoievski -acostumbrado, como ortodoxo, a ver Cristos siempre celestes, jamás pintados en la crueldad naturalista de un cadáver- a formularse dos preguntas vertiginosas:
"Si los que iban a ser sus apóstoles futuros, si las mujeres que lo seguían y estuvieron al pie de la cruz vieron su cadáver así, ¿cómo pudieron creer, a la vista de tal cadáver, que aquel despojo iba a resucitar?"
Y una segunda aún más agria. "Si aquel mismo Maestro hubiera podido ver la víspera de su suplicio ésta su imagen de muerto, ¿se habría atrevido a subir a la cruz?".
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He usado ya dos veces en este artículo la palabra "vértigo, vertiginoso". Nunca sé escribir en la Semana Santa sin emplearla. Siendo, efectivamente, cuando a ella me acerco, que el alma me da vueltas, que algo tiembla dentro de mí, como se vio convulsionada el alma de Dostoievski ante la realidad de la muerte de Cristo. ¿Cómo podría hacer literatura sobre ella? ¿Cómo esquivar la sensación de que estamos asomándonos a un abismo?.
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Desde hace muchos siglos venimos defendiéndonos de la pasión de Cristo con toneladas de crema y sentimentalismo. Ahora nos defendemos con playas y excursiones. Porque si realmente creyéramos, si tomáramos mínimamente en serio la realidad de que un Dios ha muerto:
- ¿No sufriríamos todos, al pensarlo, ataques de terror como el de Dostoievski?
- ¿No vacilaría nuestra fe o, cuando menos, el delicado equilibrio sobre el que todos hemos construido nuestras vidas, aunando una supuesta fe con nuestra comodidad?
-¿Cómo lograríamos vivir en carne viva, ya que la simple idea de la muerte de Dios, asumida como algo real, bastaría para despellejarnos?
Ahora está muy de moda mirar con desconfianza preocupada la "teología de la liberación," ver en ella terribles peligros de herejía. Yo tengo que confesar que la que a mí me preocupa es la "teología de la mediocridad" que viene imperando hace siglos entre los creyentes:
La teología que reduce la cruz a cartón piedra, la muerte de Cristo a una estampa piadosa, el radicalismo evangélico a una dulce teoría de los términos medios.
La teología que ha sabido compaginar la cruz y la butaca; la que encuentra "normal" ir por la mañana a la playa y por la tarde a la procesión, o la que baraja el rezo y la injusticia.
Una teología de semicristianismos, de evangelios rebajados, de bienaventuranzas afeitadas, de fe cómodamente comprada a plazos.
La que junta sin dificultades la idea de la Semana Santa con la de vacaciones.
La que sostiene que los cristianos debemos ser "moderados", que hemos de tomar las cosas "con calma"; que conviene combatir el mal, "pero sin caer por nuestra parte en excesos"; la que echa toneladas de vaselina sobre el Evangelio, pone agua al vino de la muerte de Cristo, no vaya a subírsenos a la cabeza.
La dulce teología de la mecedora o de la resignación. La que nunca caerá en la violencia, porque ni siquiera andará. La que piensa que Cristo murió, sí, pero un poco como de mentirijillas, total sólo tres días...
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Vuelvo ahora los ojos a este Cristo de Holbein y sé que este muerto es un muerto de veras.
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Este es un muerto-muerto, un despojo vencido, algo que se toma o se deja, se cree o no se cree, pero nunca se endulza. Veo este pobre cuerpo destrozado y sé que el Maestro "lo vio" antes de subir a la cruz, sé que él es el único hombre que ha podido recorrer entera su muerte antes de padecerla, el ser que más libremente la asumió y aceptó, que se tragó entero este espantoso hundimiento, esta "fuerza oscura, insolente y eternamente absurda que nos vencerá a todos y que sólo gracias a él nosotros venceremos. Sé que después de verla v conocerla "se atrevió" a subir a la cruz, inclinando su cabeza de Dios, haciéndola pasar por el asqueante y vertiginoso túnel de la muerte más muerta.
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Por eso creo en Él.
Esta espantosa visión me aterra, como aterró a Dostoievski; pero no me hace vacilar en mi fe; más bien me la robustece. Porque una locura de tal calibre sólo puede hacerse desde un amor infinito, siendo Dios. Un amor tan loco que ahora le sigue llevando a algo mucho peor que la muerte: a la tortura diaria de ser mediocrizado, suavizado, recortado, amortiguado, reblandecido, vuelto empalagoso, empequeñecido, falsificado, reducido, hecho digerible todas las Semanas Santas -para que no nos asuste demasiado- por nuestra inteligente y calculadora comodidad."

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7 comentarios:

Bruce dijo...

No conocía nada de esto, gracias.

Militos dijo...

Un año más nos emociona y dobla de dolor el rostro y el cuerpo yacente del Cristo que nos descubriste hace, creo, que tres años.
Nada que añadir a tu devoción y cariño por Martín Descalzo, aunque tal vez invertiría la descripción que haces de él: Periodista, poeta, dramaturgo y además SACERDOTE. No creas que intento enmendarte la plana, es que para mí lo primero y mejor que hizo fue ser SACERDOTE.

Qué bonita la mención de Mingote.

BESIÑOS bajo la lluvia.

Mento dijo...

Me quedo muda de nuevo despues de leerte. El video, ya te lo digo ahora.
Besitos.

Maria del Rayo dijo...

Es enorme este misterio de la salvación del hombre.
¡Jesús que sepa amarte!
Gracias Arcen!!

Bruce dijo...

Entraba a saludarte otra vez Arcen, que me ha sabido a poco.
Oye! menudo repaso, vaya Madrid que tenemos. Si ganamos la liga y la 10 de la champions se la ganamos en la final al Barsa para qué queremos más. Imposible no es.
Adios amigo, espero que estés bien.

Militos dijo...

Pues ya que Bruce me da pie para hablar del alegrón del Madrid, lo digo. que en mi casa ya sabéis no puedo decir ni mu...

Gracias, Arcendo porque en este blog se puede hablar de todo y gracias Bruce porque, de una manera o de otra, siempre amplias las conversaciones.
BESOS Y BESIÑOS

Miriam dijo...

No cnocía este texto. Impresionante
Que miedo la mediocridad Que miedo, que me ronda y espero nunca apalancarme en ella.

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