martes, 3 de junio de 2008

LOS CAMINOS DE DIOS.

Hace unos días teníamos el gusto de leer la atinada referencia que hacía Militos en “De dentro”, sobre la vida y obra del erudito y filósofo español Manuel García Morente. La trayectoria vital de Morente, en la que de ateo declarado se transformó en ardiente católico (acabó siendo sacerdote), es sorprendente, casi milagrosa, pero afortunadamente no es única.
Morente, probablemente obtuvo su conversión, por su afán incansable en buscar; al final gracias a su honesto empeño, acabó encontrando la luz que ansiaba.
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Quiero contar hoy un caso parecido, esta vez de un personaje de más allá de nuestras fronteras; su nombre André Frossard.
Su biografía se puede resumir en unas cuantas líneas:
André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde "católico, apostólico y romano".
Frossard escribió el libro de su conversión, "Dios existe, yo me lo encontré", que mereció el Gran Premio de la literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un bestseller mundial.
En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la Comisión del Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de su país en el presente siglo.
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Después de la breve, pero necesaria reseña biográfica, convendría ahondar más en los motivos de este cambio tan radical. La diferencia sustancial entre García Morente y Frossard, es muy clara; mientras que el primero, encontró su luz, después de mucho esfuerzo intelectual y con una actitud clara de búsqueda; en Frossard, se podría decir que la fé le llegó sin tener mérito alguno, porque Dios quiso y no por otra razón. El no buscaba a Dios. Como el mismo reconoce, -Se lo encontró-.
"Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.”
Esto por supuesto, fue un mazazo, tanto para él, como para todos sus familiares y amigos, que no podían tolerar aquel cambio tan radical. El mismo lo cuenta en su libro:
"Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la “gracia", dijo, un efecto de la "gracia" y nada más. No había por qué inquietarse.
"Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.”…
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Esta –enfermedad-, ya le duraría para siempre, y afortunadamente contagiaría a muchas personas con la misma. "Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también bastantes años después de ella".
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El hecho, es que los caminos de Dios son muchos; a veces se esconde para que le busquemos, y a veces, se hace presente entre los que no le buscan, quizás porque, por su ambiente familiar, nunca tuvieron la oportunidad de encontrarse con Él.
Lo que está claro, es que Dios nos quiere, y “quiere que TODOS los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, y de una manera u otra, Él busca sus trucos, para darnos la oportunidad de conocerle y amarle.
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Sin embargo, la lección de estas dos personas, es otra, la encontramos después de sus impactantes conversiones. La encontramos en la respuesta posterior de ambos. Ellos, tanto Morente como Frossard, una vez convertidos, no quisieron nunca abandonar la amistad con Dios. Fue la respuesta clara y coherente de dos personas intelectualmente poderosas, de dos personas convencidas, de dos personas libres. Habiendo visto la luz, decidieron hacerla clara en sus vidas y sobre todo propagarla. Ellos eligieron bien.
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Cuanto mejor se elige, y cuanto más se compromete la persona con lo escogido, tanto más se enriquece a sí misma y tanto más enriquece a los demás. Ellos lo entendieron así, la libertad interesa porque hay algo más allá de la libertad que la supera y marca su sentido: el bien. Si una elección supone un compromiso de aceptación de Dios, y esto refuerza algo que es propio de la naturaleza humana, será éste el uso más acertado de nuestra libertad. La aceptación de un orden natural fuera del cual jamás alcanzaríamos nuestra plenitud como hombres. Esa y no otra, es la gran lección de estos dos grandes hombres.
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5 comentarios:

Caballero ZP dijo...

Siempre se aprende algo nuevo en este blog, muy interesante lo que nos has contado.
Saludos

Alter ego (el otro yo) dijo...

Educado en el ateísmo y se convertió en católico,ese es el ejemplo a seguir.
Dios lo llamó para ver lo que estaba haciendo mal.Así se convertió en católico a los veinte años.Dios le guarde en el cielo.
Saludos Arcen.

JORGE dijo...

Muy interesante Arcendo,

Fíjate, me has hecho recordar que aquí en Perú hay una historia similar: el padre José de Guadalupe Mojica, que de ser un afamado y bohemio tenor, encontró a Cristo y se convirtió en sacerdote franciscano.

Gracias y bendiciones

Militos dijo...

Gracias Arcendo por avisarme de la vuelta de Harto, vaya sorpresa.
He estado un poco liada con los estudios de Angel. Y ahora batallando con el oredenador que ordena escribir sin desfallecer.
Con lo del ordenador no me refiero a tí, que también ordenas de vez en cuando.
Ahora en serio:
A mí los caminos de Dios siempre me han traído a maltraer, en el buen sentido, porque la mayoría de los humanos no tenemos esa suerte, o gracia de Dios, de ver las cosas tan claras como estos dos privilegiados. Si a todos nos hubieran dado una caida de caballo como a Pablo, el mundo sería una balsa de aceite y hasta Zapatero no sería Zapatero.
Dios es el único que sabe el cómo, el cuando y el quién. Y la verdad es que los dos supieron responder como se les pidió.
Los demás intentamos hacer lo que podemos aunque a veces ni eso.
Pero Dios sabe a quién eligió y el barro que empleo para hacernos.
Muchos besiños.

Militos dijo...

Acabo de verte en De Dentro.
¿Ya te has ido?.
Besiños

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