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A la vista de esas premisas, el controlar y gestionar políticas económicas y sociales, concentrándolas en un solo punto y en una sola moneda mundial (proyecto ya en marcha), no parece la solución más idónea; aunque los que abogan por esa tesis, dicen que así, se podría acabar con las crisis; en la práctica puede llegar a derivar en un colectivismo sociológico a gran escala, es decir en un tipo de totalitarismo global, que es en realidad a lo que nos están empujando.
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Sin embargo, a pesar de la gravedad de todo lo comentado, hay una crisis que es especialmente dañina, la que afecta a la moralidad y a las costumbres, porque estas son las que más cambios han sufrido y con seguridad, son el detonante de todas las demás crisis globales.
El mundo occidental hasta hace poco, vivía conforme a unos principios históricos asentados en los conocimientos y experiencia ancestral heredados de la civilización judeo-cristiana.
Dichos valores, el respeto a la vida propia y del prójimo, la justicia, la búsqueda de la paz y la libertad individual; fueron los pilares de la construcción y el progreso de la sociedad; unidos, ligados de una manera u otra a la religión (re-ligare), en la creencia de un Dios padre, justo pero misericordioso.
Con esos valores, levantamos catedrales, se escribieron poemas y relatos, se compusieron las mejores sinfonías, se pintaron los cuadros más imponentes, se establecieron grandes ciudades, se descubrieron continentes, se consiguieron notables avances médicos y científicos y hasta se pudo llegar hasta la luna, (hoy, precisamente se cumplen 40 años de aquello).
En definitiva, no solo se convivió, sino que se avanzó.
El hombre cooperó con Dios, haciendo posible con El, el octavo día de la creación de este mundo.
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Pero de un tiempo a esta parte, la soberbia demoníaca, se ha apoderado del hombre. Ya no necesitamos a Dios. Dios ha muerto, viva el hombre.
Podemos crear vida en un tubo de ensayo y podemos destruirla si esta, es defectuosa o simplemente, molesta. Podemos educar a nuestros hijos en un mundo sin dioses, para que no tengan conciencia de mal. Podemos deshacernos de los que ya no son útiles, para dar sustento solo a los que producen. Podemos hacer toda clase de monstruos de laboratorio a nuestro antojo. Podemos disponer de nuestro cuerpo de cualquier forma y con cualquier individuo, animal o cosa, porque el placer es prioritario. Hay que huir del sacrificio y de la religión que atenaza y obliga.
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Esa es la sociedad egoísta que nos hemos creado, nada tiene importancia, ni lo humano, ni lo divino, lo importante es “vivir” como animales y apartar a Dios de nuestras vidas.
Por eso, en este aspecto, también estamos a una crisis, sin precedentes, la más grande, tan enorme, que no ha habido una igual, tan generalizada y tan extendida, en toda la historia de la humanidad.
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¿Puede vivir la sociedad, sin respeto, sin justicia, sin libertad y sin amor?,
¿Puede el hombre vivir, pensando que todo es efímero, que nada es absoluto, que todo se acaba, que nada tiene importancia, que el destino solo es muerte, desaparición y olvido?
¿Podemos vivir sin DIOS?
Evidentemente sí; el libre albedrío es tan cierto, que incluso, nos otorga la capacidad de vivir en el error y condenar nuestra inmortalidad a una terrible e inexorable, nada.Pero entonces, tampoco esperemos cambiar nada con nuestra NADA. Las crisis crecerán, y con ellas el hombre perecerá irremisiblemente.
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La fé es un don, pero aún así, habría que reconocer, incluso aunque no se crea, que los valores que propone la religión pueden ser la clave de todo. La honestidad, la justicia, la humildad y el perdón son elementos indispensables para una buena convivencia, y el correcto desarrollo de la sociedad.
Y, si ha habido un ejemplo en que se hayan personificado todos esos valores, de forma perfecta, es en Jesús de Nazareth, aunque solo fuera, desde su perspectiva humana.
Sin embargo, es imposible desgajar la personalidad de Jesús, olvidando su condición divina. Perfecto hombre, si; pero también, perfecto Dios.
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Ahí está el modelo, óptimo, el único, el imprescindible, de tal modo, que podríamos afirmar con d. Miguel de Unamuno, que “Si Dios no existiese, habría que inventarlo”.
La ausencia de una bien estructurada escala de valores en nuestra vida y en nuestra sociedad, impide que tomemos las decisiones adecuadas y que se puedan resolver los conflictos que nos amenazan. Lo que hacemos es vivir "a salto de mata" en un "carpe diem" mal entendido, en el caos de la duda, de la indecisión, de la confusión y por lo tanto lo que estamos generando es dolor, vacío y decepción.
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Ante tan tremendas encrucijadas, donde el vacío, parece cercarnos, nos surge a los cristianos una pregunta ineludible:.
¿Cómo viviría, como actuaría, nuestro Jesús-hombre, una situación como la actual, en este tiempo, en este momento?
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Dios hoy, sigue hablando al hombre y El tiene la respuesta.
La nueva encíclica de Benedicto XVI, su vicario, examina los desequilibrios de la globalización económica y nos dice que es preciso partir de la “globalización” sobre la verdad del hombre, es decir, del redescubrimiento del orden inscrito en el mundo por el Creador, que nos permite distinguir lo que está bien de lo que está mal; esa es la primera base.
Lo idóneo, lo mejorable seria construir una sociedad en la que reine la justicia y LA CARIDAD, preocupación esta última, del Papa en sus encíclicas, de hecho su primera exhortación llevaba por título, "Deus caritas est", y esta tercera, "Caritas in veritate".
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.Benedicto XVI introduce y recuerda en este nuevo documento “la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia”: ¡la caridad!.
Y nos dice que, la caridad necesita de la verdad, pues “un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales”. La caridad sin la verdad es mera solidaridad, pero con la verdad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de la persona y de la humanidad. Solo con la caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible alcanzar objetivos de desarrollo del ser humano.
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Es dentro de esas coordenadas en las que hay que leer todo el documento: las reflexiones sobre la crisis financiera, la parte dedicada al ambiente (con referencias a la necesidad de redistribuir los recursos energéticos), las cuestiones bioéticas, el llamamiento al riesgo que supone un planteamiento meramente tecnicista de cuestiones como la cooperación internacional o la salvaguardia de la paz; son cuestiones minuciosamente tratadas por el Papa, dándole la visión salvadora que el mundo requiere en estos momentos.
En el capítulo cuarto, habla de un punto fundamental y hoy a menudo olvidado, el de la relación entre derechos y deberes en la vida social. Advierte que “los derechos individuales, desvinculados de un conjunto de deberes que les den un sentido profundo, se desquician y dan lugar a una espiral de exigencias prácticamente ilimitada y carente de criterios. La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios.”
En conclusión, el Papa subraya en toda la encíclica que no hay desarrollo pleno del hombre cuando se excluye a Dios: “La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas."
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Las orientaciones del Papa sobre la visión actual de las crisis que sufrimos, no solo son las de un erudito, las de un intelectual al tanto de los vaivenes del mundo, no solo es la opinión de un jefe de estado; son las pautas que Dios nos marca a través de la pluma de su vicario.
Si antes, he obviado el nombre de su segunda encíclica, ha sido para sacarlo ahora y gritarlo con fuerza, “Spe salvi”, salvados en la esperanza. Esta llamada del Papa entre sus dos “caridades”, es fundamental. Y con ella, volvemos a la pregunta:
¿Cómo viviría, como actuaría, nuestro Jesús-hombre, una situación como la actual, en este tiempo, en este momento?
La respuesta es contundente, ¡con y desde la Esperanza!, esperanza en el amor del Padre, que es inmenso, esperanza porque es lo que le falta a este mundo, esperanza es lo que en este momento, según nos señala el Santo Padre, es lo que estamos obligados a comunicar: “Ser mensajeros de la esperanza”.
No del miedo, no del catastrofismo, no de la desesperación, no de la tristeza; Nuestro Dios es alegre y nos espera; su palabra es Evangelio: buena noticia; ¿a quien o a qué hemos de temer entonces?
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Y concluyo; recién celebrada la fiesta de la Virgen del Carmen, me permito acabar este largo post, con las hermosas palabras de Benedicto XVI, escritas precisamente, al final de su “Spe Salvi”:
«María, estrella de la esperanza. La Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como “estrella del mar”. La vida humana es un camino, ¿hacia que meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y tenebroso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta… Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza».
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Stella Maris, auxílianos y socórrenos en las singladuras y tempestades de esta vida. Ruega por nosotros pecadores en toda hora. AMEN.