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Queridos todos, espero de corazón que estéis pasando una buena y
SANTA semana.
La
mía, en lo corporal está siendo costosa, pero alegre y confiada en que todo es
para bien y no estoy solo.
Os
contaré algo de estos últimos días. En los momentos de más dolor y dificultad,
alzo la vista y me encuentro de frente con un Cristo que tengo en mi pared...,
y me pregunto: ¿Como se le puede pedir alivio en el dolor a alguien que está
taladrado de pies y manos? ¡El me gana siempre!, me hace entender, ¡Me gana en AMOR!
Bueno queridos, estamos junto con las fiestas de Navidad, en la
Semana más grande de nuestra fé, y en este blog tenemos una costumbre que este
año vamos a seguir escrupulosamente. Se trata de rescatar aquel artículo del
sacerdote y periodista José Luis Martín Descalzo
publicó hace ya muchos años en la revista BLANCO Y NEGRO, que entonces ejercía
de suplemento dominical del diario ABC.
En este brillantísimo artículo, Martín Descalzo
engarza perfectamente arte y religión. Fé y cultura. Pero sobretodo este
escrito, y por eso lo traemos siempre, es capaz de remover conciencias, de
mover a la acción.
Antes
hablaba del sufrimiento, del mío propio, y de como se me "pasaba"
mirando al crucificado... ¡Cuánto más mirando este impresionante CRISTO SEPULTADO DE HOLBEIN!, del que habla
Martín Descalzo en este imperdible...
"ANTE EL
CRISTO MUERTO"
"Un día de abril de 1867 un matrimonio de recién
casados pasea por las salas del museo de Basilea. El hombre es flaco y rubio,
de rostro rojizo y enfermo, pálidos labios que se contraen nerviosamente,
pequeños ojos grises que saltan inquietos de un objeto a otro, de un cuadro a
otro. Es el rostro de un hombre a la vez vertiginosamente profundo e
impresionable como un chiquillo. Ahora se ha detenido ante el Cristo en el
sepulcro, de Holbein.
Los ojos del hombre parecen
ahora magnetizados por ese terrible muerto metido en un cajón que aparece en el
cuadro.
PINCHAD PARA AMPLIAR (merece la pena, observar con detalle)..
Es -dirá él muchos años más
tarde- "el
cadáver de un hombre lacerado por los golpes, demacrado, hinchado, con unos
verdugones tremendos, sanguinolentos y entumecidos; las pupilas, sesgadas; los
ojos, grandes, abiertos, dilatados, brillan con destellos vidriosos".
Es un cuerpo sin belleza
alguna, sometido al más dramático dominio de la muerte. Y el hombre, al verlo,
tiembla. Su mujer se ha vuelto hacia él y percibe su rostro dominado por el
pánico. Teme que le dará un ataque. Y el hombre musita en voz baja. "Un cuadro así puede hacer perder
la fe". Luego se calla y continúa la
visita al museo, como un sonámbulo, sin ver ya lo que contempla. Y, al llegar a
la puerta, como atraído magnéticamente, regresa de nuevo al cuadro de Holbein.
Se queda largos minutos ante él, como si quisiera taladrarlo en su alma. Luego,
cuando se va, tiene en el hotel uno de los más dramáticos ataques epilépticos
de su vida. Es un escritor de cuarenta años. Se llama Fedor Mikailovich
Dostoievski.
.
Un año antes ha publicado una
novela titulada Crimen y castigo. Pero sabe que lo que dividirá su vida en dos es la
contemplación de ese Cristo muerto de Holbein, que ya jamás podrá olvidar.
Meses más tarde, cuando está
escribiendo El idiota, la visión de ese Cristo sigue aún persiguiendo al
escritor. Y una reproducción del "cajón" de Holbein aparece en
la casa de Rogochin, uno de sus personajes. Y el protagonista, príncipe
Mischkin, repetirá las palabras que el propio Dostoievski dijera en Basilea a
su mujer. "Ese cuadro puede hacer perder la fe a más de una persona." Y páginas más tarde
explicará el propio novelista el por qué de esta frase. En otras visiones de
Cristo muerto los autores le pintan "todavía con destellos de extraordinaria belleza en
su cuerpo",
pero en el cuadro de Holbein "no había rastro de tal belleza; era enteramente el cadáver de un
hombre que ha padecido torturas infinitas antes de ser crucificado, heridas,
azotes; que ha sido martirizado por la guardia, martirizado por las turbas,
cuando iba cargado con la cruz". "La cara está tratada sin piedad, allí sólo hay naturalezas Ante un
muerto así, se descubre "qué terrible es la muerte, que se aparece, al mirar este cuadro,
como una fiera enorme, inexorable y muda, como una fuerza oscura e insolente y
eternamente absurda, a la que todo está sujeto y a la que nos rendimos sin
querer".
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Estos descubrimientos han
conducido a Dostoievski -acostumbrado, como ortodoxo, a ver Cristos siempre celestes,
jamás pintados en la crueldad naturalista de un cadáver- a formularse dos
preguntas vertiginosas: "Si los que iban a ser sus apóstoles futuros, si las mujeres que lo
seguían y estuvieron al pie de la cruz vieron su cadáver así, ¿cómo pudieron
creer, a la vista de tal cadáver, que aquel despojo iba a resucitar?" Y una segunda aún más
agria. "Si
aquel mismo Maestro hubiera podido ver la víspera de su suplicio ésta su imagen
de muerto, ¿se habría atrevido a subir a la cruz?"
.
.
He usado ya dos veces en este
artículo la palabra "vértigo, vertiginoso". Nunca sé escribir en
la Semana Santa sin emplearla. Siendo, efectivamente, cuando a ella me acerco,
que el alma me da vueltas, que algo tiembla dentro de mí, como se vio
convulsionada el alma de Dostoievski ante la realidad de la muerte de Cristo.
¿Cómo podría hacer literatura sobre ella? ¿Cómo esquivar la sensación de que
estamos asomándonos a un abismo?.
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Desde hace muchos siglos
venimos defendiéndonos de la pasión de Cristo con toneladas de crema y sentimentalismo. Ahora
nos defendemos con playas y excursiones. Porque si realmente creyéramos, si
tomáramos mínimamente en serio la realidad de que un Dios ha muerto, ¿no
sufriríamos todos, al pensarlo, ataques de terror como el de Dostoievski? ¿No
vacilaría nuestra fe o, cuando menos, el delicado equilibrio sobre el que todos
hemos construido nuestras vidas, aunando una supuesta fe con nuestra comodidad?
¿Cómo lograríamos vivir en carne viva, ya que la simple idea de la muerte de
Dios, asumida como algo real, bastaría para despellejarnos? Ahora está muy de
moda mirar con desconfianza preocupada la "teología de la liberación",
ver en ella terribles peligros de herejía. Yo tengo que confesar que la que a
mí me preocupa es la "teología de la mediocridad" que viene imperando
hace siglos entre los creyentes. La teología que reduce la cruz a cartón
piedra, la muerte de Cristo a una estampa piadosa, el radicalismo evangélico a
una dulce teoría de los términos medios. La teología que ha sabido compaginar
la cruz y la butaca; la que encuentra "normal" ir por la
mañana a la playa y por la tarde a la procesión, o la que baraja el rezo y la
injusticia. Una teología de semicristianismos, de evangelios rebajados, de
bienaventuranzas afeitadas, de fe cómodamente comprada a plazos. La que junta
sin dificultades la idea de la Semana Santa con la de vacaciones. La que
sostiene que los cristianos debemos ser "moderados", que hemos
de tomar las cosas "con calma"; que conviene combatir el mal,
"pero sin caer por nuestra parte en excesos"; la que echa toneladas
de vaselina sobre el Evangelio, pone agua al vino de la muerte de Cristo, no
vaya a subírsenos a la cabeza. La dulce teología de la mecedora o de la resignación.
La que nunca caerá en la violencia, porque ni siquiera andará. La que piensa
que Cristo murió, sí, pero un poco como de mentirijillas, total sólo tres
días.. Vuelvo ahora los ojos a este Cristo de Holbein y sé que este muerto es
un muerto de veras....

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Sé también que resucitará,
aunque ese triunfo final no le quita un solo átomo de espanto a esta hora. Veo
su boca abierta que grita de sed y de angustia, su nariz afilada, sus pómulos
caídos, sus ojos aterrados. Este es un muerto-muerto, un despojo vencido, algo
que se toma o se deja, se cree o no se cree, pero nunca se endulza. Veo este
pobre cuerpo destrozado y sé que el Maestro "lo vio" antes de
subir a la cruz, sé que él es el único hombre que ha podido recorrer entera su
muerte antes de padecerla, el ser que más libremente la asumió y aceptó, que se
tragó entero este espantoso hundimiento, esta "fuerza oscura, insolente y
eternamente absurda que nos vencerá a todos y que sólo gracias a él nosotros
venceremos. Sé que después de verla v conocerla "se atrevió" a
subir a la cruz, inclinando su cabeza de Dios, haciéndola pasar por el
asqueante y vertiginoso túnel de la muerte más muerta.
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Por eso creo en Él. Esta espantosa visión me
aterra, como aterró a Dostoievski; pero no me hace vacilar en mi fe; más bien
me la robustece. Porque una locura de tal calibre sólo puede hacerse desde un
amor infinito, siendo Dios. Un amor tan loco que ahora le sigue llevando a algo
mucho peor que la muerte: a la tortura diaria de ser mediocrizado, suavizado,
recortado, amortiguado, reblandecido, vuelto empalagoso, empequeñecido,
falsificado, reducido, hecho digerible todas las Semanas Santas -para que no
nos asuste demasiado- por nuestra inteligente y calculadora comodidad."
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