.“Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suelen llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas”. Miguel de Cervantes.
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Esta visto que ahora, es mejor fiarse de todo, por muy descabellado que sea, antes que prestar oídos al Magisterio de la Iglesia. Del tarot, de los posos del café, del horóscopo chino o como en eso de las previsiones apocalípticas, del calendario Maya.
Está claro que los mayas, fueron un pueblo muy interesante y en ciertas cuestiones muy avanzado, pero eso no quiere decir que tengamos que dar crédito, ni que sean ciertas e infalibles, todas las teorías o invenciones que nos quieran contar, posiblemente sacadas a su vez, posiblemente de unas interpretaciones tan subjetivas, como peregrinas.
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Bajo esas premisas, si se acepta que su calendario es más preciso que nuestro gregoriano, se podría admitir también, cierta curiosa costumbre deportiva. Se sabe que los mayas, jugaban, como nosotros, a la pelota, pero también es conocido que el partido era sobre todo una lucha de poder entre grupos dominantes, y tras el partido….¡mataban al equipo perdedor!
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En el primero de los casos, si hipotéticamente el mundo se fuera a terminar en el 2012, como dicen que está profetizado en el calendario maya, de poco le iba a servir a Gallardón optar a las olimpiadas del 2020, o sucesivas. Y en el segundo de los casos, porque la hoy mejorada, pero mejorable plantilla merengue, tendrían sus horas contadas, los de Pellegrini, andarían ya camino de patíbulo.
Afortunadamente, nada me creo. Por una parte porque espero que Gallardón, para ventura de los madrileños, no dure tanto en el candelero y por otra, porque mi "corazón blanco" sufriría lo indecible. Pero la razón de peso es que me fío más del Evangelio que de otros arcanos, por muy históricos que sean.
Bien es verdad que, la Iglesia en este primer domingo de Adviento nos ha presentado un texto que se podría encuadrar en ese mismo género.
"Y habrá señales en el sol, la luna y las estrellas y, sobre la tierra, ansiedad de las naciones, a causa de la confusión… “
Pero la Iglesia ha entrado en un nuevo ciclo, un ciclo de alegre Esperanza:
“…entonces es cuando verán al Hijo del Hombre viniendo en una nube con gran poder y grande gloria.”
Es decir, a diferencia con esas obritas tan de moda y del calendario maya, la Iglesia nos llama a mantener viva la esperanza y no a hacer elucubraciones sobre el fin del mundo, porque lo único que sabemos acerca del "último día", es que vendrá de improviso. (Mat. 24, 39; I Tes. 5, 2 y 4; II Pedro 3, 10).
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Por tanto, no es tiempo de alarmismos, sino de vivir el presente con lucidez, confianza y responsabilidad. Lo nuestro es creer en un futuro de plenitud, sin evadirnos del presente. Es el tiempo de quien vigila al futuro, pero de quien confía y se compromete, de quien ora y espera.
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Sin embargo, no quiero yo tampoco tirar por tierra todos aquellos conocimientos ancestrales de los mayas, porque también de aquella cultura tan tribal, como avanzada, podemos sacar puntos de provecho, incluso de concomitancia.
En este caso, me quiero referir a uno, que siempre me ha gustado mucho y es que los mayas usaban la misma palabra para referirse al amor y al dolor.
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Amor y dolor también en el cristianismo, constituyen dos términos de una misma realidad. Más aún, no puede existir el uno sin el otro. Un amor que no implique sufrimiento, renuncia, sacrificio ya de entrada sería sospechoso. Un dolor que no se viviera con amor sería asimismo estéril e inútil:
"Sin cruces ni dolor, no se vive en el amor" Kempis (Imitación de Cristo III 5, 7)
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Hoy la Iglesia ha empezado una nueva etapa de esperanza que culminará, no la noche del 24 de diciembre, sino en el viernes de Pasión, cuando Cristo muera en la Cruz por nosotros y resucite al tercer día. ¡El amor más grande y más sublime, pasa por la Cruz!.
Por eso, cuando los mayas unieron los dos conceptos, Amor y dolor, en una sola palabra… acertaron de pleno, así, que al menos en eso, sí que coincidimos, en lo demás…. “ni el día, ni la hora, nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre”.
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Así pues, aunque podamos tener ciertos indicios sobre el fín del mundo… por mucho como nos pongamos., no pasan de ser meras especulaciones; solo conjeturas, que no deben ocultar la prioridad. Porque lo que nos compete a cada generación es renovar ese "estado de alerta" ante el Dios que viene, independientemente de cuando venga.
Lo que importa es que, desde que Cristo inauguró los “últimos tiempos” de la historia, tenemos una inmensa esperanza que es la que renovamos en cada Adviento y es el optimismo que debemos nosotros transmitir, aquí y ahora, sin pensar en más. El apocalipsis puede esperar, la conquista cotidiana del cielo, no.
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